Hay días que me invade la nostalgia. Muchos de los recuerdos que guardo en mi memoria me brotan ahora poniéndose a primera fila en mis pensamientos. Me entran ganas de llorar. Llorar por lo que un día viví y nunca más volveré a vivir.
Pienso mucho en mi familia, la gran mayoría de los recuerdos que me vienen a la mente son alrededor de ellos. Quizá sea porque ya no vivo con ellos y los veo menos. Quizá. Llevo ya dos días con estos recuerdos que me rondan la cabeza. Dos días con ganas de llorar. Si empiezo no paro. Mejor no empezar. Y no tengo ni idea de porque me siento así. Hacía tiempo que no me sentía así. Vacía, sería la palabra. Cuando me siento vacía me apoyo en estos recuerdos que recorren mi mente. Me gustaría dar un salto y volver a vivir estos momentos que hacen que a día de hoy quiera volver atrás. Ojalá tener la respuesta a todas estas emociones que no entiendo ni porque vienen y tampoco entiendo como se van.
Va a épocas. Una de las cosas positivas que saco cuando estoy en estos momentos de nostalgia profunda, es la introspección que hago en mi misma.
Me pienso, me pienso mucho, y aunque no saque nada en claro, siempre me termino conociendo un poquito más a mi misma.
Yo creo que nunca nos terminamos de conocer al 100%. Nuestra personalidad es el fruto de nuestras inquietudes, junto con nuestras creencias y la influencia que ejercen las personas que nos rodean en nosotros mismos. Al fin y al cabo, somos el producto de todo lo que hemos vivido y de la percepción de dichos momentos. Cuando haces introspección y te piensas, llegas a ver partes de ti que suelen estar ocultas. No las muestras al exterior y pocas veces te las muestras a ti mismo. Cuando te piensas nace tu pureza, inocente e inquebrantable. Ese ser que entrevés tan pequeñito en tu interior es tu esencia primordial.
Cuando pasas por estas “épocas” de nostalgia, tristeza y vacío, de no saber lo que quieres ni hacia donde ir, lo único que te reconforta es tener tu propio espacio. Tu espacio, ya sea tu habitación, tu despacho, tu cama, tu sofá. Aquel sitio donde te sientas seguro, calmado y sin ser juzgado. Nadie te mira. Nadie pregunta. Nadie opina. En mi caso es mi despacho, antes cuando vivía en casa mis padres era mi habitación, obviamente, y si tengo que ser sincera, la echo de menos. Mis cosas, aquellas que han formado parte de mi vida, que me han acompañado siempre, me han visto llorar, estar enfadada y estar feliz. Todas esas cosas que cada uno les tiene un aprecio distinto ya no las tengo conmigo. Siguen en casa mis padres. Y está bien, desprenderse de esas cosas, al fin y al cabo, vamos madurando y creciendo como personas. Ahora mi espacio es el despacho donde estoy sentada ahora mismo, que poco a poco lo he ido haciendo a mi medida. Poco a poco lo estoy llenando de mis cosas.
Tener un lugar donde sentirse a salvo es algo indispensable para cada ser humano.
Nos ayuda a recomponernos y a desahogarnos cuando más lo necesitamos. Somos nosotros mismos con nuestras cosas.

Deja un comentario